Autor: Mariana Lev

Periodista, consultora en comunicación, escritora, docente,diseñadora y bloguera costarricense.

Patriotas y apátridas

Hoy, 14 de setiembre de 2016, miles de niñas y niños costarricenses, jóvenes, padres y madres de familia, además de maestros y maestras, vivieron emotivos momentos al conmemorar 195 años de la independencia de Costa Rica de España, que marcó el camino hacia la democracia que todos vivimos, una de las más añejas y sólidas del mudo.

Mañana es la fecha oficial del Día de la Independencia, como lo llamamos, y habrá discursos y desfiles, pero mayoritariamente, fue hoy que las escuelas y preescolares celebraron esta fecha trascendental.

Cuando busqué a mis nietos luego de estas actividades, ella vestida de campesina y él con chonete, ambos estaban felices, radiantes, orgullosos de ser parte de esta nación.

A sus apenas tres años, mi nieto me dijo: “Vivimos en el mejor país porque somos libres”.

Y nadie puede decirlo con mejores palabras, a los costarricenses nos define la libertad.

Entonces, como siempre, esta breve reflexión de un adorado niño me hace pensar acerca de muchas otras cosas.

¿Qué es la patria? ¿Es el lugar físico donde nacemos o aquél al que llegamos por distintas circunstancias y se convierte en nuestro hogar?

Mis abuelos nacieron en Polonia y dejaron esa que era su patria, donde estaba su casa, su familia, su historia, por un lugar totalmente desconocido, con un idioma y costumbres ajenas a las suyas. Llegaron con sus apellidos judíos que a los costarricenses les sonaban extraños o chistosos.

Pero amén de algunos hechos antisemitas que tiñen la consabida tolerancia nacional, fueron bien recibidos y al igual que muchos otros inmigrantes de antes y después de la Segunda Guerra Mundial, sintieron que habían encontrado su patria en Costa Rica.

Sus hijos, como mi padre, fueron a las escuelas josefinas y muchos de sus amigos de infancia y del resto de sus vidas eran vecinos o compañeros de infancia.

También se convirtieron en parte de los primeros profesionales que graduó la Universidad de Costa Rica y se involucraron en la vida del país de muy distintas maneras, como hoy lo hacemos sus descendientes.

Costa Rica es un crisol de culturas e identidades que incluye chinos, afrodescendientes, inmigrantes de distintas naciones latinoamericanas, europeos y demás.

Nadie puede decir o permitir que le digan a otro ser menos costarricense, hayan llegado sus familias 500 años atrás o en los últimos seis meses.

Tan tico es el apellido castizo como el de cualquier otra identidad. Porque si nos ponemos de verdad serios los únicos dueños de estas tierras fuero los huetares, bruncas y chorotegas, que durante siglos ni siquiera fueron considerados ciudadanos de esta nación.

Y tan patriotas los pequeños que hoy desfilaron en pequeñas localidades del país y asisten a escuelas públicas, como aquellos que lo hicieron en centros privados. A todos los unió el mismo sentimiento de gratitud hacia la tierra que los vio nacer o los acogió a temprana edad.

El mundo vive hoy una de las mayores crisis de desplazamiento humano, la más grave desde la Segunda Guerra Mundial, cuando la naciente Naciones Unidas fundó la Agencia para los Refugiados, conocida como Acnur, precisamente para tratar de reubicar a los sobrevivivientes del genocidio nazi, en su mayoría judíos que habían perdido todo durante la hecatombe.

Millones de seres humanos deben dejar sus hogares, lo que consideraron hasta ese momento su patria y abandonar todo lo que hasta ese entonces fue su vida, saliendo hacia una enorme incertidumbre y angustia.

Millones de estos nuevos apátridas, como se denomina a los que carecen de una patria, son niños, y deberán crecer en campamentos de refugiados o tal vez, si las naciones se solidarizan, encuentren un sitio para optar a una nueva vida. Otros miles tal vez no lleguen a concluir la etapa adulta en medio de mudanzas y dolorosos rechazos.

Sea lo que suceda con ellos, cuyas historias llenan las noticias diarias, siempre tendrán a su espalda ese sentimiento de abandono, de dejar lo que les pertenecía para lanzarse a un mundo desconocido y muchas veces hostil.

Mis abuelos y cientos de apátridas judíos que llegaron a Costa Rica a finales de la Segunda Guerra Mundial tuvieron suerte, encontraron una tierra que los abrigó como nuevos hijos y les permitió empezar una nueva vida. Otros muchos no toparon con el mismo destino.

Por eso, cuando mi nieto me miró hoy con sus hermosos ojos verde azulados y con total aplomo me declaró su patriotismo, no pude menos que unirme a su sentimiento y decir: Gracias Costa Rica.

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El arte de odiar

Odiar es tan fácil como encender un fósforo y hacer arder una llamarada que se extiende y aniquila todo alrededor.

El odio que lleva a estas atrocidades, parte de la ignorancia, el rumor y otros factores, que aglutinan los nefastos sentimientos de una persona o grupo contra otros.

Cada segundo algún ser humano sufrirá ultrajes físicos, verbales o sicológicos que mancillarán su dignidad y lo catalogarán como ese algo que debe ser odiado o vilipendiado.

Estas agresiones que surgen de la intolerancia y la discriminación se denominan crímenes de odio, y se dirigen contra determinados grupos sociales sea por racismo, homofobia, xenofobia, etnocentrismo, religión, entre otros factores, todos absurdos y aberrantes.

Como mujer, judía y latina, tengo altas probabilidades de ser víctima de un crimen de odio, pero por suerte, hasta este día no he padecido agresiones de este tipo, y aunque me reconforta, me coloca dentro de una extraña minoría de no agredidos.

Pero lo cierto es que todos los días miles de personas mueren en el mundo por este tipo de crímenes, que en muchos casos  llevan a asesinatos masivos, violaciones y otras barbaridades que dicen poco del género humano o más bien, dicen mucho de la enorme capacidad que mantenemos de odiar visceralmente y sin explicación lógica a nuestros semejantes.

Como ejemplo, un informe del año pasado acerca de la discriminación e intolerancia en la Unión Europea, señala que los romaníes o gitanos siguen siendo víctimas de una gran intolerancia y las mujeres de este grupo humano son las más afectadas.

Recordemos que durante la Segunda Guerra Mundial los romaníes fueron una de las minorías étnicas más perseguidas y masacradas por el nazismo, con cerca de medio millón de víctimas mortales.

La Unión Europea aprobó en setiembre de 2015 acciones legales contra la República Checa, ya que esa nación no ha eliminado la segregación de los niños romaníes en las escuelas del país.

Los romaníes suman cerca de 12 millones y viven principalmente en el centro de Europa, pero también en Estados Unidos y América Latina.

Por otra parte, en enero de este año, el Comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa (CdE), Nils Muižnieks, advirtió del creciente antisemitismo en Europa, dados los incidentes acaecidos recientemente, que incluyeron el ataque armado en un museo judío en Bruselas que dejó cuatro muertos, y el asesinato en una tienda de comidas kosher en París.

También se ha señalado un aumento en las denuncias de violencia antisemita e incidentes en Alemania y el Reino Unido.

A estas situaciones que sufren las minorías en Europa, debemos agregar las constantes vejaciones que viven los hombres, mujeres y niños que por distintas razones, muchas de estas debidas al hambre, la guerra o falta de oportunidades, deben abandonar sus tierras natales.

Cerca de 150 millones de personas, un 3% de la población del mundo, según señala las Naciones Unidas, ONU, son las principales víctimas actuales o potenciales de estos crímenes de odio.

En el mundo de hoy, todos los continentes y regiones tienen migrantes, quienes mayoritariamente buscan asentarse en lugares distintos y muchas veces distantes de sus naciones de origen.

Según la Organización Internacional para las Migraciones, la mayor cantidad de estas personas se concentra en Asia; Europa y América del Norte tienen más o menos el mismo número y les siguen, en orden decreciente, África, América Latina y Oceanía.

Además, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) calcula que unos 80 millones del número mencionado son trabajadores migratorios. Aunque la migración y sus dificultades no son recientes, la globalización que se vive lleva a una movilidad sin precedentes y la migración genera cada vez más presiones.

Según explica la ONU, las mujeres y los niños componen más de la mitad de los refugiados y desplazados internos. El 96% de los niños que trabajan y duermen en las calles son migrantes, y cerca de la mitad son niñas de 8 a 14 años de edad.

Aunque los grupos humanos de migrantes pertenecen a distintas etnias y religiones, por su sola condición de extranjeros sufren maltratos constantes y reciben múltiples ataques xenofóficos.

Millones de ellos son indocumentados, no hablan los idiomas y aceptan condiciones de vida que difícilmente pueden catalogarse como humanas, lo que genera círculos de violencia que a su vez llevan a repercusiones similares.

No  en vano grupos terroristas como Isis reclutan sus adeptos entre los millones de jóvenes musulmanes, frustrados por su falta de oportunidades en países donde nacieron o llegaron como niños de familias migrantes.

Sin justificación de sus actos debemos entender que el rechazo genera odio y puede tener terribles consecuencias como las que vivimos ya en casi todo el mundo con atentados de todo tipo.

En el caso de las mujeres todo se agrava, ya que son víctimas constantes de la intolerancia y discriminación, y millones caen en redes de trata de personas, prostitución y otras situaciones degradantes que las llevan a la miseria o la muerte.

La ONU estima que todos los años son introducidas clandestinamente de 300 000 a 600 000 mujeres en la Unión Europea y en algunos países de Europa central, y que el problema está muy generalizado también en África y América Latina.

Como mujeres y personas que migran, las trabajadoras son víctimas de violencia y abuso, tanto en el plano doméstico como en el laboral.

No menos terribles son los crímenes de odio por razones sexuales, los cuales se dirigen contra las personas y comunidades homosexuales, lésbicas y transgénero. Estos grupos humanos son víctimas de todo tipo de atrocidades homofóbicas y son uno de los que registran mayor cantidad de muertes en todo el mundo.

En la última década y con el respaldo de las llamadas redes sociales, se han incrementado la intolerancia, la discriminación, el racismo y la xenofobia, prácticamente en todas las regiones del orbe.

A la distancia de un click usted puede decidir a quién odiar y una vez que lo resuelve con otro sencillo click incita a otros que, como usted, están buscando canalizar sus frustraciones, ignorancia y estupidez hacia aquél o aquellos que decidieron victimizar.

Los casos de bullyng que llevan al suicidio de miles de adolescentes se desarrollan muchas veces en las redes sociales, que también están repletas de páginas xenofóbicas, homofóbicas, antisemitas, y demás.

Como dije al inicio, odiar es tan sencillo como encender un fósforo o y alzar una llamarada.

Pero cada vez que usted se sienta tentado a dejarse llevar por estos sentimientos espantosos que pueden causar daño irreparable en la vida de otro, reflexione y trate de ponerse en ese lugar, el de su prójimo.

Luego, sencillamente, apague el fósforo.

 

¿Antisemita yo?

Este 4 de mayo, tanto en Israel como en las comunidades judías del mundo se conmemora Yom Hashoá, traducido como Día del Recuerdo del Holocausto, en el cual se rinde tributo a los 6 millones de víctimas de este pueblo en manos de la barbarie nazi y sus cómplices durante la Segunda Guerra Mundial, de 1939 a 1945.

Cuando uno piensa en la tortura y muerte de cada una de esas personas, de las cuales casi dos millones fueron niños de todas las edades, es casi imposible entender las razones que tuvieron sus victimarios y el compromiso de odio que los unió para perpetrar estos crímenes contra los judíos.

Alguna vez leí que una de las razones pudo ser que dejaron de verlos como personas, gracias a las campañas mediáticas y los discursos incendiarios que equiparaban a los judíos con ratas y deshumanizaban así el acercamiento a estos.

Ya no eran sus vecinos, sus profesores, sus amigos de escuela y colegio, sus médicos, sus escritores o músicos, sus dentistas, sus costureras o panaderos, sus filósofos o sicólogos. Eran simplemente judíos que debían aniquilarse por el simple hecho de serlo.

Basta mirar los documentales de la época, con las multitudes hitlerianas hipnotizadas por los discursos antisemitas de su amado Fuhrer y sus secuaces, para entender esa alucinación colectiva que los llevó a canalizar todas sus frustraciones sociales y personales hacia un objetivo común.

Hago la salvedad que no fueron solamente los judíos las únicas víctimas del nazismo y que otros varios millones de seres humanos fueron asesinados por sus creencias religiosas, políticas, sus preferencias sexuales o discapacidades, bajo el lema de crear una “sociedad aria pura”, basada en estereotipos tan irreales que pocos realmente los cumplían, pero que mayoritariamente anhelaban.

Paradójicamente, la sociedad alemana era posiblemente la menos antisemita del centro de Europa, y en esa nación antes de la Shoá los judíos estaban plenamente integrados en todas las ramas del quehacer académico, científico, cultural, militar, económico y demás.

Los judíos alemanes se sentían mucho más alemanes que judíos, a diferencia de sus correligionarios rusos, polacos, ucranianos o húngaros, donde el antisemitismo era un mal crónico que acarreaba persecuciones constantes, muertes y discriminación durante siglos.

Ese antisemitismo se remonta al prejuicio y odio esparcidos esencialmente por la Iglesia católica y secundados por los intereses de zares y reyezuelos, que acusaban a los judíos de la muerte de Jesús, ritos inmorales y otras mentiras que se hicieron parte de la memoria colectiva y propiciaban atrocidades contra ellos.

Conste que esos mensajes antisemitas se siguen esparciendo a pesar de que en los últimos años la iglesia católica ha hecho un esfuerzo por borrar tan nefasto pasado y se refieren ahora a la filosofía judeocristiana como la fuente de su fe, cosa que negaron durante siglos.

Luego de la Segunda Guerra mundial y siendo el pueblo más castigado en víctimas mortales por el odio nazi, las Naciones Unidas acuerdan que los judíos tienen el derecho a una nación propia en la tierra ancestral de la que sus antepasados fueron expulsados por el Imperio romano en el año70 DC (después de Cristo).

Acuerdan también que esa tierra debe partirse en una nación judía y otra árabe (no palestina), y trazan la división geográfica que en ese momento divide Jerusalén y otras zonas. En ese momento, la llamada Palestina (nombre dado por los romanos a Judea para borrar toda raíz judía en la zona luego de su expulsión) estaba bajo mandato británico, y con la salida de los últimos soldados ingleses el 14 de mayo de 1948 se da la declaración de independencia del nuevo Estado de Israel.

Este acepta las condiciones de las Naciones Unidas, cosa que no hacen los países árabes de la zona y Egipto, Transjordania, Siria, Irak y Líbano invaden la nueva nación judía pocas horas después de su nacimiento, en la primera de varias guerras que se darían en los próximos casi 50 años.

Durante los siglos anteriores al surgimiento del Estado de Israel siempre hubo judíos en esa tierra, aquellos que se quedaron a pesar de la expulsión romana y los que fueron llegando al huir de las persecuciones europeas o los que querían fundar una nación socialista judía.

También había árabes y todos estaban bajo el dominio de algún imperio, fuera el otomano durante varios siglos y finalmente el británico. La entonces Palestina, desértica y poco productiva, empezó a ser cultivada muchas veces de manera conjunta, por los habitantes judíos y árabes, y hubo tiempos de relativa paz y convivencia, pero tanto los unos como los otros consideraban que, en última instancia, esa diminuta geografía les pertenecía y no necesariamente se podía compartir.

Es también por eso que durante los siglos de otras dominaciones se dieron enfrentamientos entre ellos, aunque en otros momentos se unían para pelear contra el enemigo común del momento.

La gran diferencia radicó en que al darse la partición geográfica por las Naciones Unidas, los judíos aceptaron tener un país minúsculo pero propio en su tierra ancestral, y los árabes no.

Si se busca cualquier referencia histórica a lo sucedido durante esos años se verá que tanto esa primera guerra como las siguientes fueron entre judíos y árabes, no hay un pueblo palestino peleando en ellas, porque en realidad los palestinos de esas épocas eran los habitantes de la antigua Palestina romana, árabes o judíos.

De hecho, con el surgimiento del Estado de Israel, casi un millón de judíos que durante siglos habían vivido en los países árabes fueron perseguidos, expulsados o asesinados en la década de 1950.

Los que sobrevivieron buscaron refugio en la nación judía, que entonces se convirtió en un crisol de culturas, a las que se unieron otros perseguidos en épocas más recientes, como los rusos que huyeron del estalinismo, y más recientemente los franceses o belgas que dejan Europa por los ataques terroristas contra judíos y el renacer de un antisemitismo impulsado por la extrema derecha y los extremistas musulmanes.

Pero no seamos ingenuos y queramos pensar que en medio del surgimiento del Estado de Israel y los recientes acontecimientos el antisemitismo desapareció, porque lejos de ser así encontró un nuevo disfraz para esparcir su odio atávico.

Con el inicio del terrorismo de la llamada Organización para la Liberación de Palestina a partir de los años 70, el mundo empieza a escuchar de un pueblo que antes no conocían, el palestino, que surge esencialmente de los árabes expulsados por el Estado de Israel durante los conflictos iniciales, y de otros que no fueron aceptados por las naciones vecinas.

Se empiezan a formar campamentos de refugiados alrededor de la frontera israelí y como una olla en ebullición esos jóvenes que nacen en condiciones tan difíciles, y que se sienten rechazados por unos y otros, empiezan a formar células terroristas con el apoyo de los mismos países árabes que no los quisieron como ciudadanos, pero los necesitan para tratar de destruir a la nación judía que es el enemigo común.

Entonces el antisemitismo que trae los vestigios del odio religioso y las absurdas mentiras promovidas por otras religiones contra el judaísmo, encuentra ahora una forma política y que permite calar de otra manera en las mentes de millones de personas, que abiertamente se declaran antiisraelíes, pero no antisemitas… como si de esta manera se pudiera obviar que el Estado de Israel es judío y por tanto ser antiisraelí es ser antisemita, así de sencillo.

Israel pasa de ser un país admirado y un ejemplo en el mundo en muchos aspectos a ser una nación repudiada, donde solamente se la relaciona de manera negativa con el llamado, ahora sí, conflicto palestino.

Paralelamente durante el siglo XX se dan enormes migraciones de musulmanes a Europa, promovidas inicialmente por las naciones con sus ex colonias, y  que bajo el emblema de apertura esconden razones más terrenales. El continente está dejando de reproducirse, sus habitantes no quieren tener niños del todo o quieren muy poquitos, por lo que en unos años y no tantos, no habrá suficiente mano de obra en la mayoría de países.

Claro, esta promoción se hace con los estándares europeos de respeto a las culturas (al menos así lo indican sus declaraciones republicanas), pero a la vuelta de los años, y hablamos de menos de 50, Europa está llena de musulmanes, muchos de los cuales se han integrado a las culturas de los países que los acogieron y llevan su fe como parte de sus vidas.

Pero otros se han ido al extremo y hoy están plenamente involucrados en grupos terroristas como Isis, encabezando sangrientos atentados como los recientes de París y Bélgica, que tanto conmovieron a Occidente, aunque sabemos que todos los días se dan otros similares o peores en Siria, Iraq, Pakistán y otras naciones de la zona de beligerancia.

Estos grupos buscan establecer un imperio musulmán, lo que llaman una yihad, y en este no hay lugar para católicos, protestantes, evangélicos, judíos o cualquiera que no abrace su fe por nacimiento o, en pocos casos, por conversión. Para ellos, todos somos infieles y debemos morir.

Isis se vale de las redes sociales para reclutar a sus seguidores, y de estos miles provienen de lo que muchos llaman Eurabia. Y en sus mensajes también prevalece el antisemitismo, el odio al judío solo por serlo.

Así las cosas, podemos pensar que las muertes, las atrocidades, el exterminio de seis millones de judíos hace menos de 80 años, no nos han enseñado nada, y en mi criterio, lo único que hace la diferencia es la existencia del Estado de Israel.

Las permanentes campañas de desprestigio en foros internacionales y universidades, el boicot a sus productos y otras situaciones que parten de posiciones antiisraelíes- antisemitas son difíciles de entender, cuando por otro lado nada se dice de las atrocidades de Hamas que gobierna Gaza, o de la Autoridad Palestina incitando a apuñalar judíos.

Las Naciones Unidas hace mucho dejó de ser imparcial u objetiva cuando se trata de Israel y rápidamente se compra los argumentos contra esta nación, muchas veces sin  hacer las consultas correspondientes y respondiendo a intereses de otras naciones que tienen un rango de influencia mayor y que, esencialmente son musulmanas.

Yo no dudo que hay un conflicto importante, casi un estado de guerra permanente entre Israel y Hamas, tampoco dudo que debe buscarse una negociación con la Autoridad Palestina para el establecimiento de un estado palestino, porque es de los males, el menor.

Pero estoy convencida que detrás de todos los argumentos políticos contra el país, Israel, sigue imponiéndose el antisemitismo que se esparció por el mundo hace ya muchos siglos y que aun está sembrando odio todos los días.

Hoy el Estado de Israel tiene más de seis millones de habitantes judíos en su territorio, pero le llevó casi 80 años recuperar si es que vale ese término, las vidas que se perdieron en la Shoá.

Esta pérdida es terrible y por eso cada año el pueblo judío se enluta por el recuerdo de cada una de estas víctimas, para muchos sus abuelos, padres o hermanos.

Por eso, quiero dejarle acá unas pocas preguntas para que las responda con la debida honestidad:

  1. ¿Cree que los judíos son malos?
  2. ¿Cree que los judíos mataron a Jesús?
  3. ¿Cree que el Holocausto es un invento?
  4. ¿Cree que el Holocausto existió por algo que hicieron los judíos?
  5. ¿Cree que el Estado de Israel no debe existir?
  6. ¿Cree que está bien que apuñalen judíos?
  7. ¿Cree que los judíos no son ciudadanos de su país?

Si usted respondió afirmativamente al menos una de esas preguntas le tengo noticias: es antisemita.

Y como usted, millones de otras personas ayudan a perpetuar el odio irracional contra los judíos. Espero que este escrito le ayude a informarse y si es posible, cambiar.

 

Nostalgia de teclas

En la elegante sala de su palacete madrileño, la joven escritora se dispone a dar rienda suelta a su imaginación. Es 1913 y la chica abre con placer el estuche que encierra su más preciado tesoro: una pequeña máquina de escribir, que le permitirá iniciar una nueva novela y con ello seguir labrando su carrera en España.

Esta es la escena de una novela de época que me gusta ver, porque además de su trama, me lleva a un pasado no tan lejano.

Veo a la escritora de principios de siglo y casi inmediatamente me visualizo, saliendo de la niñez y escribiendo mis primeros poemas en la máquina de escribir de mi casa. Y no mucho tiempo después de eso, en la universidad y mis primeros empleos como periodista, la máquina de escribir seguía ahí.

De hecho, las horas de cierre de los medios escritos se caracterizaban por los sonidos atronadores, producidos por los reporteros y jefes terminando sus notas con la presión del tiempo, para no retrasar la impresión del diario que llegaría a miles de hogares la madrugada siguiente.

Las máquinas de escribir manuales eran las nuestras, las eléctricas pertenecían a la minoría privilegiada de secretarias y oficinistas de los medios, o de las empresas.

Para ese momento, entre los setenta y ochenta, las máquinas de escribir tenían cerca de 270 años de existencia, porque la primera patente para fabricar una la otorgó la reina María Estuardo de Inglaterra en 1714.

Entonces, para cuando el personaje de mi novela en 1913 usaba una maquinita de escribir ésta ya tenía casi 200 años, y en ese momento, como a mí en 1980, nos parecía insustituible.

Fue precisamente el modelo de las máquinas de escribir que inundaron el mundo e hicieron famosas marcas como la italiana Olivetti, la japonesa Brother o la norteamericana Remington, lo que dio paso a las computadoras, el fax, las PC y laptop, inventos que se sucedieron como jinetes invencibles a partir de las décadas finales del siglo XX, y que hoy se consideran imprescindibles para la educación, el trabajo y la vida personal.

Como antes sucedió con las máquinas de escribir, que empezaron a comercializarse masivamente a partir de 1800 e incluso hasta 2011, en plena era de alta tecnología, se fabricaban en la India.

Fueron indispensables en las oficinas de todo el mundo, en la literatura, el cine, el teatro y cualquier actividad que requiriera escribir desde finales del siglo XIX y casi todo el siglo XX.

El primer modelo industrial, fabricado en 1873 por Remington, estaba montado sobre una máquina de coser estándar que era lo que producía esta compañía, y al producirlas supusieron que solo las usarían en oficinas.

Por eso se dirigieron a una nueva fuerza laboral, esencialmente femenina, diseñando sus primeros modelos con flores decorativas para hacerlos más atractivos a las nuevas mecanógrafas y oficinistas.

Y no se equivocaron, ya que para 1910 el 81% de los mecanógrafos eran mujeres. De hecho, ser secretaria o mecanógrafa fue una especie de profesión femenina porque eran muy pocas las que llegaban a cursar estudios universitarios en esa época y millones ya se habían incorporado a las fuerza laboral.

Pero si el deceso de las máquinas de escribir se dio por un hecho a partir de la década de 1980, parece que este muerto goza de buena salud y camina hacia una reinvención.

 Ya empezamos a llevarnos algunas sorpresas, relacionadas algunas con el deseo por lo retro y la nostalgia que conlleva, o bien por apasionantes temas de espionaje mundial y seguridad.

Porque claro, el avance tecnológico y la súper comunicación entrelazada de esta nueva era, han traído también serios inconvenientes y filtraciones de información que viajan por todo el mundo, en las redes y que burlan códigos y claves, como han demostrados los hackers en demasiadas ocasiones.

En el 2013 el presidente ruso Vladimir Putin puso de relieve la importancia de las consideradas extintas máquinas de escribir al hacer pública la decisión del Kremlin de volver a su uso para evitar las molestas filtraciones de secretos de estado y otras molestias.

Las máquinas de escribir hacen ruido cuando se aporrean sus teclados, pero son mudas, especialistas en guardar lo que se escriba en el papel, sin redes o hackers. Así que si se trata de desaparecer un archivo pues es muy sencillo: se tira o se quema lo escrito… a la antigua

Y ojo que esta tendencia del rescate de las máquinas de escribir no quedó solo en Rusia, el gobierno alemán también anunció hace poco que adquirirá una cantidad no mencionada de estas con el mismo fin: guardar fuera del alcance de los terroristas cibernéticos sus documentos más valiosos.

Además de estos temas de seguridad mundial que marcan un sonado retorno de las máquinas de escribir, aspectos como la calidad de la impresión y de los teclados están generando mucho interés por su retorno, sobretodo en las nuevas generaciones que nunca conocieron una.

La gran paradoja de este tema es que mientras los avances tecnológicos han llevado a un exceso de comunicación e interacción en redes, las personas empiezan a sentirse saturadas por tanto mensaje y muchos añoran ese espacio solitario donde nada se interpone entre el sonido del teclado y el de la propia mente.

Algo que muchos conocimos como parte de nuestra vida por muchos años, y de generación en generación por varios siglos.

En la actualidad, ya se han creado procesadores de texto que imitan las sensaciones de la máquina de escribir, ese sonido que permite aislar el cerebro de lo demás, porque al ritmo de cada letra resonante surgen las ideas.

Estos inventos solo permiten escribir, no se puede añadir nada que lleve al mundo de las redes.

Y hay más.

Hoy se está desarrollando un prototipo de una máquina de escribir similar a los primeros modelos, llamada Hemingwrite en honor al Premio Nobel de Literatura norteamericano Ernest Hemingway. Al parecer se trata de un modelo convencional en su exterior, con teclado mecánico y que ofrece esa sonoridad y tacto insustituibles.

Solo que en lugar de papel cuenta con una pantalla de tinta electrónica y almacena los documentos en la nube.

No creo que sea apta para quienes buscan seguridad extrema como Putin o Meckler… pero sería genial para aquellas personas que quieren recuperar o iniciar ese romance inolvidable con una máquina que como las de antes, permite escribir y solo eso.

Como la protagonista de la novela hace 100 años, o yo hace un poco menos.

 

 

 

 

 

 

De vida y muerte

Con la simple y poderosa sabiduría de sus cinco años, mi nieta me dice: “En el mundo siempre hay gente, porque cuando alguien muere alguien nace, así la gente no se acaba nunca”.
Y tiene toda la razón. Al momento de escribir este artículo casi 43 millones de seres humanos han nacido en lo que va del año y cerca de 18 millones murieron, y estas estadísticas aumentan por segundo así que ya crecieron significativamente.
Pero no sabemos cuántos de esos seres que recién abordaron el planeta lograrán sobrevivir algunos segundos, horas o días, y si por el contrario llegarán a más de un centenar de años en sus existencias.
Porque esa incógnita de cuánto viviremos no tiene respuesta.
Lo cierto es que desde el primer respiro también empezamos a morir y un día más de vida es, paradójicamente, uno menos.
La mayoría de nacimientos en el mundo son motivo de alegría y se espera que ese nuevo ser reciba amor, atención, educación, cuidados físicos y emocionales para que se convierta en un adulto sano en toda la extensión de la palabra.
Dolorosamente, millones de seres humanos no reciben los mínimos cuidados cuando llegan a este mundo, y quienes logran sobrevivir lo hacen en condiciones de miseria y abandono gran parte de sus vidas o su totalidad.
Quienes sí reciben ese amor y cuidados fundamentales que les proveen sus familias u otras personas que se hacen cargo de ellos, tienen una base para vivir y es de esperarse que, salvo enfermedades o accidentes fatales, podrán tener una expectativa que hoy supera los 70 y hasta 80 años en las llamadas sociedades desarrolladas.
Claro que también hay naciones donde la expectativa no sobrepasa los 50 o 55 años de edad, lo que sucedía hace más de un siglo en los países del primer mundo.
Pero también sabemos que las características genéticas de cada uno tienen un papel fundamental en las posibilidades de tener una vida larga o no, porque aun en lugares con pésimas condiciones millones de seres humanos llegan a la ancianidad, rebatiendo cualquier pronóstico acerca de sus posibilidades de sobrevivir en esos ambientes.
Lo cierto es que son muchos los condicionantes que determinan cuánto dura el tránsito de alguien en esta Tierra y cómo será su vida.
De hecho, una de las enormes contradicciones de alcanzar mejores niveles de vida es que muchas de las causas de muerte actuales se relacionan con enfermedades y trastornos asociados al consumo, que conlleva a excesos en la comida bebida y demás.
Cuando uno sintoniza los canales de países más desarrollados llama poderosamente la atención que muchos de los espacios publicitarios son de medicamentos para combatir o prevenir la diabetes, hipertensión, depresión, fumado, obesidad, etcétera.
Por supuesto que intercalados con otros muchos acerca de alimentos, golosinas y demás…
Cierto es que en estas naciones también hay miseria y gente que apenas sobrevive, pero no son la gran mayoría como en las del tercer o cuarto mundo. Entonces, estos ciudadanos que sí tienen resueltas la mayoría de necesidades básicas pasan gran parte de su vida medicados para contrarrestar los efectos de su mejor calidad de vida y el acceso a lo que quieran comer, beber o ingerir.
Muchos de ellos fallecen en edades tempranas por situaciones que ellos mismos crearon, o llegan a viejos postrados, pagando el precio de excesos y abundancia.

Estas y otras enormes contradicciones marcarán el devenir y final de millones de seres humanos. Pero cuando llega el final del camino, sea mínimo o extenso, lo más probable es que haya mucho dolor en esa despedida, porque casi nadie está preparado para irse y menos aun para dejar a los que se ama.
Tampoco están listos los que se quedan, porque la muerte viene a recordarnos esa fragilidad de la vida, que siempre se nos hace corta cuando acaba.
Sea como sea ese final, al perder a quienes amamos lo único que tenemos son interrogantes sin respuesta.
Por supuesto que tanto las religiones, como la ciencia e incluso gurús o charlatanes, tratan de explicar de alguna manera por qué se produce la desaparición física de los seres humanos, para mayor consuelo o desconsuelo de sus deudos.
Sin embargo, las explicaciones que se reciben en esos momentos no llenan vacíos ni permiten asimilar mejor el golpe de la pérdida, de saber que ese ser amado no estará nunca más a nuestro lado. Porque aunque médicamente se den razones pertinentes acerca de esa muerte, siempre habrá quienes sobrevivan en las mismas condiciones o peores, lo que agudiza el eterno por qué.
Por su parte, las distintas religiones atribuirán las muertes a designios divinos, inexplicables y que deben acatarse como parte de la fe que se profesa, con resignación y rezos.

Otros hablarán de Karma, cartas astrales, condiciones astrológicas. Incluso habrá quienes justifiquen la muerte con razones fuera de este planeta…

Y todos buscaremos un refugio para paliar el dolor inmenso de la pérdida, aferrándonos a la ciencia, la fe, o lo que necesitemos en ese trance y lograr recomponer nuestras vidas, continuar el propio tránsito el tiempo que este dure.
Pero en el fondo sabemos que no hay respuestas. Lo único cierto es que así como nacemos, moriremos. Nos iremos y otros vendrán para que la gente no se acabe.

Así de simple como lo dijo mi adorada nieta.

No me feliciten

La conmemoración del Día de la Mujer se ha convertido en tema de felicitaciones y cursilerías sin sentido que abundan hoy en las redes sociales.

Pero lo que recordamos cada 8 de marzo es la decisión valiente de un grupo de obreras de Nueva York que decidieron salir a las calles para protestar por las pésimas condiciones, de casi esclavitud, en las que trabajaban.

Estas pioneras alzaron sus voces y generaron un movimiento reactivo donde otras mujeres se sumaron a huelgas similares en los años siguientes.

El 5 de marzo de 1908, 51 años después de ese primer incidente y sin que aun se conmemorara nada, más de 100 obreras fallecieron en un macabro incendio dentro de una fábrica en Sirtwoot Cotton, el cual se atribuyó al dueño del inmueble como respuesta a los reclamos de las trabajadoras de su plantel.

Ellas pedían igualdad salarial, la disminución de la jornada laboral y un tiempo para amamantar a sus bebés.

Han pasado 108 años de esa fatídica fecha en que estas mujeres fueron asesinadas y 159 desde las primeras protestas de las trabajadoras en Nueva York.

En 1910, hace 106 años, durante la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Trabajadoras celebrada en Copenhague, Dinamarca, más de 100 mujeres aprobaron declarar el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Bonita fecha y nombre, pero no nos engañemos para nada y mucho menos nos demos palmaditas y besitos para sentirnos bien.

La inmensa mayoría de mujeres en el mundo sigue trabajando en condiciones deplorables y la igualdad salarial es aun inexistente, incluso para las féminas que ocupan cargos gerenciales o políticos del más alto nivel, ni hablar de los millones que sobreviven con menos de $1 diario.

El informe “Las Mujeres en el Mundo 2015”, de la ONU, divulgado en octubre pasado se suma a oros cinco emitidos por el máximo organismo mundial en estos 30 años, en el que se establecieron las estadísticas de género, antes inexistentes.

Uno de los datos positivos de este informe es que las mujeres tienen vidas más largas, con una media de 72 años con respecto a 68 años de los hombres.

Pero vivir más no significa necesariamente vivir mejor, si recordamos que millones de mujeres siguen en condiciones de salud deplorables, sin acceso a agua potable y otros servicios básicos, y mucho menos han alcanzado la mediana igualdad en el plano laboral.

Solo el 50% de las mujeres en edad de trabajar integran la fuerza laboral, en comparación con el 70% de los hombres, dice este reciente documento.

Además, el estudio indica que en la mayoría de las sociedades las mujeres no tienen las mismas posibilidades que los hombres, sea en el plano de la vida pública como en la privada.

Sólo 19 mujeres son jefas de Estado, una ligera mejoría en comparación con las 12 que ocupaban ese cargo en 1995.

Por otro lado, la ONU señala que persiste la violencia basada en el género y el matrimonio infantil, además, siguen siendo las mujeres quienes cargan con las onerosas obligaciones domésticas.

Siempre he considerado que la única vez que podremos celebrar este día es cuando deje de existir, cuando no necesitemos una fecha para recordar que la lucha por los derechos de la mujer trabajadora continúa más de un siglo después.

Solo podremos felicitarnos cuando se haya alcanzado la verdadera igualdad y este día desaparezca del calendario mundial, pero parece que el camino es largo y tortuoso.

Una vida por segundo

Al momento de escribir este artículo sumábamos 7 350 501 395 seres humanos y el marcador continuaba avanzando, mientras nacían casi 400 000 personas morían unas 150 000, y todo esto en cuestión de segundos.

Así de avasalladora es la vida humana, que viene y va sin parar.

La mayoría de la población mundial se concentra actualmente en China, pero en unos seis años será superada por India, que para el 2030 habrá alcanzado los 1 500 millones de habitantes.

No es ninguna casualidad ni un tema de sensibilidad que China esté permitiendo una mayor reproducción de sus habitantes, dejando atrás la estricta política maoísta de un único hijo por pareja.

Para el 2100, Africa habrá aumentado su población en un 270%, creciendo continua y velozmente, mientras Europa mantendrá su tasa descendente de fertilidad y será la única región del mundo que perderá habitantes en lo que queda del siglo XXI, sobretodo en el este de ese continente.

Según estimaciones de las Naciones Unidas, países como Alemania, Reino Unido, Italia o Francia, que en 1950 y aun hoy están entre los 20 más poblados del mundo, serán desbancados por Nigeria (que en 2050 ya tendrá más habitantes que Estados Unidos) o la República Democrática del Congo, que para el 2100 será el quinto país por número de habitantes del mundo.

Estas cifras son alarmantes si comprendemos que una gran mayoría de habitantes del mundo nacerán en regiones donde predominan la pobreza extrema y una absoluta falta de oportunidades.

Todo parece indicar que a menos que haya decisiones políticas y humanitarias sin precedentes, nuestro globo terráqueo afrontará los retos de enormes hambrunas, epidemias y posibles desastres en aquellas zonas de mayor riesgo y sobrepobladas.

Nada de esto es nuevo, porque lamentablemente vivimos en un mundo de terribles desigualdades e injusticias, y estos males aquejan a la humanidad desde siempre.

Al otro extremo de esta ecuación tenemos un mínimo porcentaje de naciones y personas que concentran la mayoría de riqueza del mundo.

Hace exactamente un año, la organización caritativa contra la pobreza Oxfam advirtió en Londres que en este 2016 el 1% de la población tendrá en sus manos la mitad de la riqueza mundial, con lo cual se acentuará fuertemente la desigualdad global.

El reporte de Oxfam se reveló en la reunión anual del Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, y en este se alertó que los más acaudalados aumentaron su proporción de riqueza del 44% en 2009 al 48% en 2014, y que la proporción superará el 50% en 2016.

En esa oportunidad, su directora ejecutiva, Winnie Byanyima -que copresidió la reunión del Foro Económico Mundial-, dijo que la explosión en desigualdad estaba impidiendo el avance en la lucha contra la pobreza.

Oxfam afirmó que miembros del 1% más rico del planeta tenían una riqueza promedio de $2,7 millones por adulto, mientras una de cada nueve personas del mundo no tiene suficiente para comer, y 1000 millones tienen que sobrevivir con menos de $1,25 al día.

“Que las cosas sigan igual no es una opción libre de costos para la élite. El fracaso a la hora de lidiar con la desigualdad hará que la lucha contra la pobreza se retrase décadas”, declaró Byanyima.

Por su parte, el Papa Francisco viene exhortando fuertemente a las naciones y personas para que se comprometan en la lucha contra la pobreza y la desigualdad.

En su reciente visita a Africa, a finales de noviembre de 2015, el Sumo Pontífice de la iglesia católica, hizo un vehemente llamado en este sentido; “La experiencia demuestra que la violencia, el conflicto y el terrorismo se alimentan del temor, la desconfianza y la desesperación que surgen de la pobreza y la frustración”.

En un mundo donde el terror organizado se expande diariamente de muy distintas formas, pero casi siempre encuentra seguidores en los más necesitados, la pregunta que surge es si lo que estamos viviendo es la dolorosa respuesta a siglos de oídos sordos ante los gritos de los más hambrientos.

No puedo decir a ciencia cierta que esto sea así en su totalidad, porque el terrorismo se nutre de otros aspectos como odios raciales y supuestas supremacías religiosas, que logran aglutinar a personas de distintas situaciones económicas, culturales o sociales.

Pero lo que sí es cierto, sin duda alguna, es que un mundo donde los pobres se multiplican cada segundo y unos pocos concentran la mayoría de recursos y oportunidades es el escenario perfecto para todo tipo de desastres.

Un 2016 que tiene la terrible etiqueta de iniciar un incremento aun mayor de la desigualdad y la falta de oportunidades para millones de seres humanos debe hacernos reflexionar seriamente acerca de la clase de personas que somos y las que debemos ser.

Por un segundo, lo que tarda en nacer otro habitante de este planeta, pensemos en lo que debemos hacer para frenar este aumento de la injusticia con verdaderos compromisos individuales, colectivos y políticos.

De otra manera el mundo entrará en una división cada vez mayor entre miserables y privilegiados, lo que es una verdadera vergüenza para la humanidad de estos tiempos.